El desahogo

Estas semanas en particular han sido de un machismo extremo, en tantas esferas. Ustedes saben de qué hablo: el Presidente mandando a una candidata a hablar de maquillaje, el aspirante a presidente estadounidense vanagloriándose de haber acosado mujeres durante toda su vida, y su hijo demostrándonos que la manzana no cayó lejos del árbol; el futbolista que quiere ganar la custodia de la hija, que podría tener razón, pero que sale de la cancha en camilla y alega que el trabajo de su ex, que era muy respetable cuando era su mujer, ahora ya no es tan respetable; el acoso mediático digital a una mujer por cuestionar al Santo Grial de los premios mundiales, porque no han considerado a mujeres para ganarlos… y tantos etcéteras.

Los lugares en los que se siente el machismo no tienen límites. Amo bailar, he pasado de una academia a otra, de un equipo de baile a otro, tratando de encontrar la mezcla perfecta entre profesionalismo y comprensión, tratando de dar lo mejor de mí en cada uno, tratando de hacerme a ese medio competitivo y glamoroso.

Los que están en el medio saben, aunque no lo reconozcan, lo importantes que son los hombres a la hora de hacer pareja y equipo en el baile, porque, generalmente, la cantidad de mujeres que bailan es mayor a la de hombres. Para ellos hay cantidad de consideraciones, promociones y harta comprensión. Las chicas, en cambio, más frecuentemente, deben sobresalir de alguna manera para ser tomadas en cuenta, porque de una chica se puede prescindir, de un hombre difícilmente.

¿Qué pasa? Al principio estaba molesta, ahora estoy extremadamente decepcionada. Muchos hombres -y mujeres- en mi círculo juran que el machismo ya no es real, que el feminismo está de más, que somos unas exageradas “feminazis”, que las injusticias no son porque seamos mujeres, sino por un sinnúmero de otras razones para minimizarnos.  Nos quieren hacer creer eso, que no es para tanto, que no hay que vivir la vida quejándose, que solo era un chiste, una forma de hablar, que no seamos sensibles, que no estemos a la defensiva, que no seamos cerradas, que no seamos mujeres.

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Pero cuando hay más mujeres muertas, cuando nos humillan e insultan, cuando nos acosan y nos torturan solo por el género, cuando creen que pueden juzgar, encasillar y tocar como si fuéramos sus propiedades, veo que todavía hay tanto por hacer, que hay tanto por enseñar… Que mientras las mujeres busquen más reivindicaciones y más empoderamiento de su cuerpo y su entorno, más va a saltar la sociedad a gritarles que ya basta, que no pueden querer cambiar esta zona de confort tan institucionalizada.

Pues, ya basta. No nos vamos a sentar, no nos vamos a callar, no nos vamos a conformar, no vamos a dejar de ser diferentes, no vamos a dejar de ser mujeres.

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