Una misión policiaca, donde se cuecen las habas

Crónica de un atraco que terminó en misión imposible

“Tranquilo, no te muevas o te mato”, esa fue la alentadora frase que usó el maleante de Carcelén para que Francisco, su víctima, se calme y no reaccione hacia él o sus ayudantes de atracos.  Francisco estaba desconcertado, más de lo que normalmente una persona que tiene visitas imprevistas puede estar, ya que no sólo había estado durmiendo hace unos segundos, sino que el visitante extendió, para presentarse, el cañón de una amenazante pistola.

Sin tiempo para bienvenidas afectuosas o protocolarias, Francisco retrocede hacia su habitación con los torpes pasos de un somnoliento, seguido, de reversa, por su madre, la única persona que estaba en ese momento en casa.  Ella había escuchado hace pocos minutos un fuerte golpe y se encontraba en el mismo cuarto que su hijo, pero realizando diferentes actividades: ella escribía en la computadora, mientras Francisco dormía con su uniforme de futbolista de universidad, exhausto tras la victoria.

El primer golpe fue ignorado por ambos, pero al segundo le siguió el sonido de vidrios rotos.  Cuando salían a ver lo que su madre había supuesto como: “¡El gas va a explotar mijo!”, lo que Francisco encontró fue amenazantes insultos y órdenes agresivas para que se pusiera de rodillas.

La funda de una almohada, que por dentro solo le dejaba ver sombras, y los pasadores de sus zapatos, fueron más que suficiente para cegarlo e inmovilizar sus manos y pies.  Y una cadera recién operada fue suficiente para frenar a su madre y mantenerla bien vigilada haciendo todo lo que le pedían, con una sola frase que la hacía mover más eficientemente: “Si no te mueves matamos a tu hijo”.

Arrodillado en su cuarto, sintiéndose como un mueble más y tratando de controlar su miedo en silencio, Francisco trataba de definir todo lo que llegaba a sus oídos: su madre decía dos o tres palabras, cajones abriéndose, cosas cayendo al piso, pero el buen trato de los ladrones fue lo que más le asombró: “¡Muévete vieja gonorrea! si no me das la plata aquí te mueres tú y tu hijo”.

Una mujer acompañaba a Francisco repitiéndole constantemente que nada sucedería y él le transmitió su preocupación por su madre, a lo que la mujer contestó que nadie le haría daño si le daban los cien mil dólares que tenían en la casa.

La sorpresa de Francisco desalentó a los delincuentes, quienes esperaban que la línea estudiada por todos diera un resultado más atractivo.  Pero el motín que encontraron tampoco los decepcionó: varias joyas, una computadora portátil y algunas condecoraciones militares labradas en oro estaban resguardadas en una caja fuerte, que su madre tuvo mucho gusto en abrir cuando se lo pidieron, los objetos sumaban más o menos siete mil dólares.

El ruido que alertó e inquietó a Francisco durante algunos minutos, de pronto se volvió un inaguantable silencio, que él mantuvo durante unos segundos en los que sus ideas, rápidamente, volaron imaginando que el robo se estaba convirtiendo en el rapto de su madre.  Pero más rápidos que su mente fueron los ladrones, que con su acostumbrado pique e’ choro desaparecieron, dejando varios rastros que posteriormente serían inútiles para las investigaciones policiacas.

La policía no demoró más que diez minutos en llegar a la casa de Francisco, y dos semanas más en llegar las fotos de los sospechosos del delito, a los que su madre supo identificar y ratificó la denuncia del robo en su casa.  Pero, como sospechando de la larga espera que tendrían que hacer para conseguir respuesta de la policía, que por cierto aún siguen esperando, Francisco, por consejo de algún vecino que era amigo de un detective de criminalística, salió con él a la zona oscura de Carcelén, donde se cuecen las habas, para buscar a los maleantes y “Darles su merecido.”

Lo que parecía ser un simple atraco terminó siendo la primera misión policiaca de Francisco y, en cubierto de su madre, salió a hacer la vuelta.  El primer interrogado fue él mismo:

–          ¿Cuántos fueron y en que se movilizaban?

–          Creo que eran cuatro, pero no vi en que estaban.

–          Lo más probable es que estén en motos. Yo tengo un soplón acá en Carcelén bajo, vamos a verle.

Mientras más vueltas daba el auto del detective, más oscuro se ponía el barrio.  Francisco miraba a todos los lados y ya no sabía qué tan buena idea era haber ido.  De repente el policía dice unas palabras y se baja del auto.  Francisco se queda solo en un barrio muy oscuro y tenebroso, piensa cuál es el mejor lugar del auto en el que, durante una balacera, podrían no llegarle las balas.  Pero el policía no tarda en regresar, le cuenta que su informante no estaba y que su madre no quiere soltar ni una palabra.

Después de dar vueltas, que en realidad no fueron más que eso, regresaron a la casa.  Donde ya toda la reunión de vecinos se había juntado para conmocionarse en grupo y seguirlo haciendo por separado, acto que se repitió las siguientes semanas por los siguientes dos meses, ya que varias casas de la cuadra pasaron por el mismo incidente, hecho en el que la policía no vio ninguna conexión.

El guardia que descansa en la caseta a media cuadra de la casa de Francisco, se enteró, junto con los demás vecinos de lo sucedido y su acotación a los hechos no pasó del color de un auto que él consideraba sospechoso y que había visto, coincidencialmente,  los mismos días que habían sucedido los atracos, pero pensó que esa información era inútil o confidencial tal vez.

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